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jueves, 4 de enero de 2007

TORBEO..UN POUCO DE HISTORIA

El Conde de Lemos y el Abad de Torbeo

( D Luis Moure Mariño )
Hace algunos años que, gracias al mecenazgo de don José Fernández López, publicó “Bibliófilos gallegos” una muy interesante edición facsímil del curioso libro de Fray Felipe de la Gándara y Ulloa , “Armas y Triunfos de los Hijos de Galicia”. Este libro apareció por vez primera en Madrid –por el año de 1662, subvencionada la edición por la Junta del Reino de Galicia-, mientras el curioso ejemplar que manejamos se reprodujo en Compostela por el año de 1970. La reedición actual, muy corta de ejemplares, va precedida de un erudito estudio de Filgueira Valverde, en que se hace relación de los más afamados de Galicia. Por lo que a mí atañe, el libro de Gándara me ha suscitado un gran interés por sus alusiones continuas a la Casa de Lemos e incluso por anécdotas relacionadas con la historia de Monforte, como la que voy a referir.En el capitulo XXXIII de la obra de Ganara – tomo II, en la parte en que se trata del “ tiempo de los Reyes Católicos” -, hay una larga referencia a la toma de Granada en la que el cronista oficial del Reino dice: “ De los caballeros y grandes señores gallegos que se han hallado en la conquista de Granada, podré aquí no todos, sino los más señalados; de estos D. Pedro Álvarez Osorio, segundo marques de Astorga, sirvió a los Reyes Católicos, juntando sus tierras dos mil vasallos con que los socorrió en la batalla de Toro y en lo de Granada. Hallose en las capitulaciones que se hicieron con el Rey chico y firmó en ellas”. Y viene a continuación la cita del Conde de Lemos, en la que Gandará cuenta la siguiente anécdota: “ Era Conde de Lemos en ese tiempo, D. Rodrigo de Castro Ososrio y acudió a las guerras y conquista de Granada con gran número de vasallos suyos: entre otros acompañándole un caballero aclesiastico, deudo suyo, Abad de Torbeo, el cual tenia un caballo que estimaba mucho. El Conde se le envió a pedir , y el Abad, por no prestársele, le dijo que quería ir a la guerra sirviéndole con su caballo y sus armas. Aceptolo el Conde, y, hallándose en una refriega, fue el abad herido en la cabeza por una saeta se le quedo clavada y habiéndosela de sacar, con el dolor dijo: “que le estaba bien empleado, pues había estimado menos su vida que la de una bestia”.La obra del insigne agustino de Allariz es, en realidad un nobiliario. El propio Gándara – y Filgueira lo subraya- , blasonaba de su abolengo y tenia a gala decir que descendía de Men Moniz de Gandarey, hijo de Egas Moniz, el primer guerrero que entró en la Santarem reconquistada y que cita Camoens. Otro entronque de Gándara, con los hidalgos de Sandianes de la Casa de Maceda- estimulaba los pujos aristocráticos del fraile de los que dejo muestras en su amplísimo tratamiento de los Novoas macedenses.Debía ser Fray Felipe, hombre que llevaba cuenta puntual de sus ingresos pecuniarios. Consiguió ser nombrado primer cronista Oficial del Reino de Galicia por resolución que tomó la sala del Real Acuerdo del Consejo del Reino en Diciembre de 1656 en que decidió dotarle con 300 ducados “ porque no se retarde en salir a la luz su obra”. Las que entonces eran siete provincias se comprometieron a pagar el sueldo del cronista quien, en román paladino dijo mas de una vez que, “ el que quiera historia que la compre”.La Anécdota del Abad de Torbeo es muy curiosa: en el siglo XVII – y más aun en las centurias que le precedieron - el tener un caballo era más que ser hoy dueño de un Rolls Roice. Caballeros eran los que montaban a caballo, mientras que peones eran los que forzados a ir a pie. ( Cuentan que, el Conde Fernan González vendió su condado por un azor y un caballo, y así nació Castilla).Es natural que el Abad de Torbeo, siendo tanta la estima que tenia a la sazón de un caballo, se disculpase la petición del Conde de Lemos diciendo que, el mismo en persona prefería ir con su caballo a la guerra de Granada. Y esta decisión le costo la vida, pues ya “ in extremis”, - cuando le arrancaban la flecha que se clavo en su cabeza-, reconoció que tenia tan trágico final bien merecido, por haber preferido la vida de un animal a la suya propia.

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